Un mundo que se aplana: reflexiones desde la carretera

Un mundo que se aplana: reflexiones desde la carretera

¿Qué pasa cuando ignoramos lo que sabemos y creemos lo que nos gusta?

Vivimos en un mundo donde parece que opinar vale más que saber, donde la ignorancia se disfraza de “pensamiento crítico” y se viraliza más rápido que la verdad. Nunca antes hemos tenido tanto acceso a la información… y nunca antes hemos estado tan desinformados.

Como viajero, esto duele. He visto cómo en Marruecos los artesanos perfeccionan su oficio durante décadas, cómo en Nepal los guías sobreviven a la montaña con experiencia de toda una vida, cómo en Vietnam la paciencia y el esfuerzo determinan si un arrozal florece o se seca. Y aun así, al volver a casa, me encuentro con que muchos valoran más la opinión de alguien que nunca ha salido de su ciudad, pero tiene carisma para hablar de mundos que no conoce.

La tiranía de la opinión sobre la experiencia

Cuando cruzas una selva, confías en el guía local, no en un vídeo de 30 segundos. Cuando subes a un avión, confías en la aerodinámica, no en la teoría de la magia que un youtuber explica. Y sin embargo, en nuestra sociedad, la “opinión viral” parece pesar más que el conocimiento real.

Estamos reemplazando el “ir, ver y comprobar” —la esencia del viaje— por el consumo rápido de teorías vacías y relatos reconfortantes. Se desprecia el esfuerzo de años de estudio, los errores se repiten, y la sabiduría acumulada se ignora frente a la facilidad del like y el share.

Ombliguismo vs. Realidad global

Quienes hemos visto el mundo de cerca sabemos que la vida no es un debate de memes. Hemos presenciado cómo en otras partes del planeta la gente lucha por agua, educación y supervivencia. Y luego regresamos a un entorno donde lo importante es quién tiene más seguidores, quién tiene la opinión más “atrevida” o quién convence mejor sin demostrar nada.

Es como ver una biblioteca arder porque alguien prefiere la luz del fuego a la luz del conocimiento. Y nos duele, porque sabemos que la riqueza del mundo está en sus matices, no en lo que cabe en un tuit.

Viajar como acto de resistencia

Por eso, viajar es un acto político. Cada viaje nos enfrenta a la realidad, nos recuerda que el mundo es más grande que nuestro ego, que las montañas son altas aunque alguien diga que son planas, que los océanos son profundos aunque tú no creas en la presión del agua.

Viajar cura la ignorancia, porque mata el prejuicio. Nos enseña a respetar el esfuerzo, a valorar el conocimiento y a confrontar nuestras propias limitaciones. Nos recuerda que la experiencia real, el método y la paciencia, siempre valen más que la opinión de un ignorante carismático.

¿Hacia dónde vamos?

Si seguimos confiando en la viralidad y no en la verdad, estamos condenados a repetir errores. A convertirnos en turistas de nuestra propia ignorancia. Pero si seguimos explorando, aprendiendo y cuestionando, podemos mantener viva la curiosidad y el respeto por el mundo que hemos tenido la suerte de conocer.

Y tú, lector: ¿prefieres creer lo que es cómodo o descubrir lo que es real? ¿Vas a seguir siendo un turista de la ignorancia o un viajero de la experiencia?